7.16.2007

Pecado Capital

Qué bueno que pasó, le dije al chofer de la micro. Mi sensación era un profundo alivio y como dice la palabra, me sentí liviana, como si el peso de esa botella hubiese salido de mi cabeza. Siete minutos atrás el chico de capucha nos pedía cigarros, su amigo le decía a una de mis amigas que le gustaba "su pinta" y nosotras sólo los mirábamos respondiendo con negativas. El chico de la capucha nos dijo antes de irse "no encontrarán personajes como yo, ya son difíciles", y otra de mis amigas contestó (porque le encanta contestar, no puede quedarse callada) ; no te preocupes, como tú sobran, ese es el problema. Estábamos en una esquina del gran Santiago. Era tarde, ya casi amanecía. Los chicos caminaron hacia la señalética de la esquina "Brasil ya no es lo de antes, puro reggaeton ahora", dijo el de la capucha, a unos diez metros de nosotras.
Qué bueno que pasó, recuerdo que le dije al chofer, y en ese momento no sentí nada -ni la más mínima compasión, ni siquiera cercanía-, sólo caminé hacia el asiento y pensé que el sueño no tenía ningún sentido, que no había sido yo la atropellada ni mucho menos la que terminó con una larga y grotesca cicatriz en la cara (que sueño tan tonto, tan feo, tan real). Me senté y respiré profundo, preocupada de que mis amigas hubiesen subido también. Así era, y ya todas sentadas pudimos verlo otra vez, y esta vez mucho mejor.
El chico de la capucha de pronto estaba en la otra esquina con sus dos amigos. Los rodeaban seis. Se quiebra una botella, la micro se acerca. Veo correr a algunos, gritan, se mueven, se persiguen. No entiendo muy bien, sé que tengo miedo. Se acerca la micro, camino hacia ella, mis amigas algo más curiosas que yo se quedan un poco atrás. El chofer mira hacia la esquina del altercado, después me mira a los ojos.
Sentadas en la micro, teníamos una visión privilegiada de la pelea, porque mientras se desarrollaba, el semáforo en rojo nos mantenía espectantes. Verde. La micro empezó a cruzar la Alameda. Pasó lento, quiero creer que es porque estaba comenzando a acelerar y no porque nos deteníamos a mirar. Aunque todos queríamos ver. El chico de la capucha ¿era él? estaba tendido en medio de la Alameda, un tipo le daba golpes con alevocía, la forma de empuñar la mano, más bien, demostraba que tenía algo en ella. Tal vez el gollete de la botella que habían quebrado recién. No pensé en dónde estarán sus amigos ni nada de eso. Sólo pasamos y todos los que estábamos en la micro emitimos un profundo (ohhhhh), para después quedarnos en silencio.
En la calle. Como perros. Alcancé a divisar unos siete golpes repetitivos en su cara. Siete. Siete minutos antes, nos preguntó ¿esperan la micro?
Qué bueno que pasó. Eso fue lo que le dije al chofer.

3 comments:

Anonymous said...

la vida es asi, en unos segundos te cambia todo, de buenas y malas maneras..
por suerte que no iba contigo, ahi si que me hubiese chupado..
nos vemos mañana:)

Anonymous said...

me gusto como esta narrada la historia

pobre shico
eso les pasa por andar suelteando

nicola

Kuhane said...

wn fue tan cuatíco todo ... pensar que quizás se hubiese salvado, pensar tb ke kizas se lo andaba buscando ...

besos rayito-1